Ojos cerrados y mente abierta
Mi pecho estaba
exaltado. Inconscientemente eras la razón por la que le buscara lugar a
cualquier objeto, eliminaba el polvo de los muebles y cocinaba la receta
familiar. Tras dos años de ausencia, los tres días de visita eran diminutos en
mi alma. Me propuse hacerte feliz, esperando compartieras esa felicidad conmigo.
Al dejar servida
la mesa, recibí tu llamada desde el aeropuerto. Confieso que solté un sollozo
por saber que realmente te vería. Cuanto te amo, cuan feliz me haces a pesar de
tu ausencia. Es ridículo lo que hago, pero siento la necesidad de saber qué se
siente ser quien se va en lugar de ser quién espera.
Deseo que disfrutes
la comodidad de nuestra casa y que más que llevar mis zapatos, disfrutes la
espera. No sé cuánto tiempo sea, pero te aseguro que volveré.
Tu querida Natalia, quien te ama de sobremanera


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